Artículos filosóficos

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Filosofía China: contradicciones o complementos?

 

China es un país que maravilla, y es a la vez una enorme incógnita para quienes lo vemos desde Occidente. Gobernado por un régimen totalitario desde hace casi setenta años, a lo largo de las décadas no ha parado de asombrar al mundo, en los campos del desarrollo económico, científico y político. Por totalitario me refiero a que su definición de Estado busca abarcar la totalidad de las actividades humanas en lo individual y colectivo: regula cuánto debe ganar un obrero, cuántos hijos debe tener un matrimonio, y qué criterios de búsqueda están permitidos en Internet.

Sus aparentes contradicciones llegan incluso a abrumarnos. Su gobierno está detentado por una gigantesca corporación emanada del Partido Comunista, aunque su crecimiento capitalista está haciendo de China la primera potencia mundial en un futuro cada vez más cercano, gracias al desarrollo de producción fabril a escala global.

Pero China es mucho más que un país. Es una Civilización, donde históricamente vivieron y murieron cerca de la quinta parte de la población mundial, bajo distintas tribus, naciones, y hasta imperios rivales. No podríamos hablar de una sola China, ni tan siquiera hoy. Su foco civilizatorio abarcó distintos países, que hicieron su propia versión de la cultura china: Japón, Corea, y parte del sudeste asiático han asimilado desde su alfabeto y sus religiones, hasta sus gustos culinarios.

Intentando rastrear el origen de la filosofía civilizatoria de China, nos encontramos con dos referencias ineludibles: Confucio y Lao Tsé. Hubieron muchos otros filósofos en su historia, por supuesto, pero probablemente éstos dos sean quienes más influyeron en la concepción de lo que fue, y de lo que es China.

A simple vista, hay muchas más diferencias que similitudes entre ellos. La principal similitud es que ninguno de los dos se consideró un creador de nada nuevo, sino más bien un restaurador de tradiciones que en su momento pudieron haberse perdido u olvidado. La otra, es que fueron contemporáneos, siendo considerados sabios en su tiempo y se cuentan historias de que incluso se llegaron a conocer en una oportunidad. De hecho el sufijo tsé, presente en el nombre de Kun Fu Tsé (Confucio en versión latinizada) y Tao Tsé, significa sabio o maestro. Pero aquí terminan las similitudes, al menos en la apariencia. Veamos un poco acerca de ellos dos.

Confucio, el Maestro Kong, nació en 551 a.C., en una familia noble menor del antiguo Reino de Lu. Desde joven y hasta su edad madura estuvo ligado a la administración pública, llegando a ser uno de los más altos magistrados,  y a mediados de su vida abandona su estado natal, y comienza a viajar por China para impartir sus enseñanzas, basadas en la búsqueda del hombre justo a través de la educación, por pate de un estado justo.

Confucio, al igual que Platón, un siglo después en Grecia, entiende que el hombre está hecho para vivir en sociedad, y esta sociedad debe estar regida por un estado, el cual a su vez debe ser un reflejo de la tien chi, las leyes divinas o naturales. El estado entonces, todo lo abarca, preocupado siempre por la prosperidad del hombre. Entiende que no hay diferencia alguna entre la relación gobernante-súbdito, padre-hijo, y si vamos más lejos, Dios-Hombre. El primero debe ser siempre un ejemplo para que el segundo se pueda desarrollar en armonía y bienestar. La responsabilidad es entonces mutua, tanto del gobernante para su pueblo, como en el otro sentido, pero especialmente del gobernante, quién debe ser indefectiblemente un hombre virtuoso, sino no podría promover la virtud a sus súbditos. Y esto explica asimismo, la devoción que promueve del hombre a sus antepasados, ya que siendo la familia el núcleo más pequeño del estado, éstos han sido quienes nos precedieron en el tiempo, y simbolizan en última instancia la tradición, y la línea ascendente hacia Dios.

 

La vida de Lao Tsé es más brumosa, teñida de mitología, y su mismo nombre significa el “Anciano Maestro”. Ta tradición narra que nació en el reino de Chu, aunque hay desacuerdo en su año de nacimiento, incluso en su existencia misma. Pero su influencia sobre la filosofía china fue muy importante.

De un carácter mucho más místico y metafísico que Confucio, Lao Tsé propuso una forma de vida de acuerdo al concepto del Tao. Es un concepto muy difícil de definir: vago, a la vez que abarcativo, aunque se podría entender como la esencia, o la raíz metafísica de todas las cosas, amorfa, abstracta e intangible. Desde un punto de vista filosófico podría ser equiparado al ente de Parménides, y desde uno más religioso, al mismo concepto de Dios. Es inmóvil, pero sus consecuencias son las que se plasman en el mundo material, de acuerdo al principio de acción y reacción, de tal forma que el Tao es el Todo, y su reflejo da origen a la dualidad, manifestada en el yin y el yang. El hombre, al perder el contacto con el Tao, ha necesitado construir normas artificiales que le llevan a vivir una vida en forma antinatural. La vía correcta para volver al Tao, que es sendero y fin a la vez, se explica a través de la renunciación a toda atadura social y material. Despojado de ataduras mundanas, se puede llegar a la correcta contemplación de la naturaleza verdadera del hombre y de las cosas. Se puede trazar un paralelismo ente su camino individual y el de Diógenes de Laercio, en cuanto a la renunciación completa y voluntaria a las ataduras materiales –y sociales- como medio de realización humano. Un camino alejado de la sociedad, de las reglas y de los convencionalismos. Lao Tsé se jactaba de que las reglas son sólo necesarias para quienes no la cumplen. Un postulado que tiene su lógica. Las reglas nos permiten vivir en armonía en sociedad, pero quién es quién las escribe, y con qué propósito? La ley de la gravedad existe antes de que Newton la descubriese, y antes de él, los objetos venían desplazándose hacia debajo de la misma forma que después. Un estado no puede legislar sobre la ley de gravedad, de la misma forma que no puede legislar sobre lo obvio ni sobre lo inevitable, por mucho que se intente. Los humanos necesitamos leyes que regulen nuestra conducta porque para ninguno de nosotros el bien común es algo obvio ni inevitable. Si así fuese, alguien se hubiese tomado el trabajo de escribir esas leyes? Probablemente el hombre al que aspira Lao Tsé no las necesite porque el bien común –dentro del cual incluyo a toda la existencia del Tao- es parte de sí, tan natural como para el grueso de la humanidad lo es el comer o el dormir. Aquí radica la esencia del taoísmo de Lao Tsé.

Son tan distintos los caminos que proponen Confucio y Lao Tsé? A simple vista parece evidente. Pero son opuestos? Un antiguo símbolo, restaurado y utilizado por Lao Tsé parece responder por sí solo la pregunta
 
El símbolo del Yin Yang es una maravillosa alegoría de cómo los aparentes opuestos no lo son realmente. El día se opone a la noche? El frío al calor? La vida a la muerte? Este símbolo nos enseña que los aparentes opuestos no se oponen realmente, sino que participan uno del otro, entrelazados en movimiento. Y en la génesis del uno está el otro.

Es innegable que los caminos que proponen ambos filósofos son distintos, pero vistos a la luz de este concepto, también lo es que no son opuestos.

Y es que no existe un solo tipo de ser humano. Por ello existen tantos filósofos, maestros y profetas. Los hay quienes se conmueven con la belleza del arte, con la piedad de la religión, o con las reveladoras palabras de los pensadores clásicos. Confucio y Lao Tsé, y tantos cientos de filósofos más en Oriente y Occidente, no proponen nada nuevo, ni muy distinto entre sí, sino una forma de recorrer determinado camino que lleva al mismo lugar: la convivencia armónica con el entorno, la comprensión hacia los demás y la superación individual. Existe un camino para quién necesita vivir y aprender junto a los demás, y otro para quién la única maestra es la Naturaleza. Ambos se dirigen al mismo lugar, y cada uno sirve a un tipo de hombre en un momento determinado de su vida.

Por ello China fue gran la potencia civilizatoria que conocemos, de la que nos maravillamos hasta hoy en día, tanto con su pasado como con su presente. Marcada con una profunda pero sutil espiritualidad, un respeto por el pasado y una jerarquización del rol del estado y la educación como protagonista de la marcha del hombre, que puede estar teñida de corrupción en estos años, tanto como ocurre con todo el mundo de hoy, pero que, al menos, deja ver tras de sí las huellas del gigante dragón de la sabiduría.

Ezequiel Chomer


Bibliografía:
Confucio, “Analectas”
Lao Tsé, “Tao te King”
Platón, “La República”

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