Artículos filosóficos

 Los artículos publicados son propiedad intelectual de la Organización Internacional Nueva Acrópolis. Los mismos han sido escritos por instructores y miembros de la Organización como resultado de sus trabajos de investigación y de su colaboración activa en la difusión de la Filosofía Comparada de Oriente y Occidente. Los artículos pueden solicitarse vía mail (info@nueva-acropolis.org.ar).

Gracias a todos los que contribuyen con este trabajo!

 

"La lectura hace el hombre completo; la conversación lo hace ágil, el escribir lo hace preciso" - Francis Bacon-

Descartes: La metafísica materialista

 

Es común reconocer el punto de partida de la duda como el germen de la filosofía. Se valora en René Descartes, como uno de sus principales aportes, la reintroducción de la duda como basamento filosófico.
Precisamente, la Duda Cartesiana llevó a no reconocer la existencia de las cosas materiales porque pueden ser producto de la percepción o la racionalización alterada de las mismas. Fue Descartes por ello un metafísico, como lo fueron Platón u otros tantos filósofos, quienes negaban la realidad intrínseca de las cosas materiales? Lo fue, a pesar de haber recorrido un sendero distinto para llegar a conclusiones similares?

Estas preguntas nos llevan a otra.

Recorriendo distintos senderos se pude llegar a un mismo destino? Probablemente sí, pero no necesariamente sí. De hecho en muchos casos las distintas disciplinas como la filosofía, la ciencia o la religión llegan a conclusiones similares, esto es la existencia de un Ser, orden o ley universal, lo más cercano posible al concepto religioso de Dios. Pero no siempre tendría por qué ser el mismo Dios.

Conviene siempre saber cuál es el origen desde el que se parte, ya que este origen puede condicionar el recorrido, y en buena medida, el destino al que se llega. Con origen me refiero puntualmente a la primera herramienta que se posee para poder elaborar una idea, y es la teoría del conocimiento: qué conocimiento es válido y por qué.

El estudio y la formación de una teoría del conocimiento no debe considerarse, como se suele hacer coloquialmente, un teorema abstracto de la filosofía racionalista, sino el primer sustento sobre el cual se basarán las demás conceptualizaciones, incluso las más profundas, como la naturaleza de las cosas, del Hombre, del Bien y del Mal. Esto se encuentra patente en los más prolíficos filósofos de la Grecia Clásica, Platón y Aristóteles. Mientras que para el primero el saber era subyacente a todos los seres humanos, siendo su búsqueda una captación progresiva de los arquetipos que ya existen latentes dentro de cada uno, para el segundo se lograba a partir de la observación de los hechos y la posterior racionalización de ellos. El mismo niño que recién llega al mundo es para uno un sabio en esencia, poseedor de todas las verdades aunque no lo sepa, y para el otro, una tabula rasa que hay que llenar rápidamente con observación e instrucción. Ambas teorías del conocimiento produjeron caminos totalmente opuestos, y fundaron las bases para las dos principales corrientes filosóficas occidentales: la metafísica y el materialismo.

Toda conclusión, todo axioma o postulado moral es por lo tanto una consecuencia de la teoría del conocimiento. Si el camino optado para acceder al mismo reconoce la existencia de un Dios y una serie de valores, la realización del hombre se basará indefectiblemente en vivir de acuerdo a ellos. Si concebimos al hombre como un animal social, nuestra filosofía nos compungirá a desenvolvernos en una sociedad, adoptando los valores y virtudes sociales que entendamos como superiores. Pero cabe pensar que hay tantos valores y virtudes como pensadores, por tanto la vida en sociedad se tornará imposible a menos que todos admitan necesariamente los mismos puntos de vista. Todas las guerras se producen entre dos bandos que creen tener la razón.

No es, por lo tanto, menor, el postulado teórico del origen del verdadero conocimiento en Descartes. Por el contrario, es su concepto fundamental, ya que de éste devienen todos los demás conceptos, como él mismo lo reconoce.

En su obra El Discurso del Método, Descartes pone en evidencia la frecuente desviación en la que incurre el pensamiento al aceptar como válidos postulados que no necesariamente han sido exhaustivamente probados, con lo que llega a elaborar sus famosas cuatro reglas que determinan que no se debía aceptar como verdadero algo hasta que ello fuese reconocido como tal, partiendo necesariamente desde los conceptos más simples. Pero queda el dilema del método a seguir para validar un postulado. Nuestra percepción misma no es totalmente fiable, ni mucho menos nuestro razonamiento, y él mismo lo reconoce, a sabiendas de que tanto una como otro pueden ser engañados, siendo ésta la raíz de la clásica “Duda Cartesiana”. Cuál es entonces el único medio para acceder a una verdad irrefutable?

Evidentemente es aquél que no puede ser refutado.

Pero Descartes va más allá: no es real aquello de que se pruebe su existencia, sino aquello de que se pruebe que su existencia no podría ser de otra manera. No es casual que haya escogido un sendero escéptico. Como científico antes que como filósofo, buscaba la evidencia de que las cosas sucedan por una necesidad, que a través de las leyes que se podían formular, producto de las sucesivas abstracciones de los fenómenos observables, hasta llegar a la matemática pura, no le dejaron más opción que llegar a la conclusión de la existencia de un orden llamado Dios.

Es llamativo que la conclusión aparente acerca del conocimiento para Descartes sea tan similar a la de Platón, o la del aún más extremo Parménides en sus predicados del Ente. Pero el camino epistemológico por el que se transita no es el mismo, ya que en la aparente metafísica de Descartes los sentidos y la razón no son descartados por ser irreales, en el sentido de que no participan del plano del Ente, sino por ser meramente defectuosos, y por lo tanto plausibles del engaño. La veracidad del mundo material no se niega por su naturaleza irreal, sino por la incapacidad humana de sentirlo, lo que subyace a que de existir el Ideal de perfección de los sentidos se podría concebir la necesaria existencia del mundo. Este postulado cae en la trampa de la negación por sus consecuencias y no por sus causas, y es a través de esa vía, y no de otra, como dándose por imposible la negación de Dios y del propio Ser, es entonces como se acepta, llegando a la paradoja de lo que puede llamarse la “metafísica material”, o dicho de otra forma, la creencia en la existencia en algo superior a uno mismo, que no se puede percibir, sólo porque no se puede materialmente refutar.

Es en mismo modo, como describe en Meditaciones Metafísicas, el propio pensamiento una substancia finita, creada por otra substancia infinita, el propio Dios. No puede existir el primero si no es por el segundo. Pero si Dios es infinito, puede ser intelectualizado y puesto fuera de duda por el mero hecho de que nuestra razón no lo pueda refutar? Cómo podría hacerlo de todos modos, si nuestro pensamiento es una substancia finita? Si el origen del hombre es Dios, tampoco podría descartarse que éste no sea al mismo tiempo su propio fin, con lo cual nuestro pensamiento dejaría de ser finito para volver a la infinitud, como se entiende en la filosofía brahmanista, por ejemplo. Esto nos llevaría a poner en duda la misma certeza de la existencia de Dios. Claro que Descartes habla de creación, no de emanación divina, con lo que en su postulado las substancias siempre serán dos: la finita y la infinita. Pero si se pretende seguir su mismo método de duda, este postulado tampoco puede darse por probado.

Con Descartes, más que a una metafísica, se llega a un nivel de finísima y más pura física, eminentemente materialista, que objeta todas las raíces del conocimiento precisamente por su incapacidad material de ser probadas. Pero el método mismo nunca deja de ser físico, por lo que la conclusión también lo es. El Dios que concibe el materialismo es por tanto un Dios Material, tanto como hasta donde la materia puede llegar.

 

Ezequiel Chomer

Sedes en Argentina

Anuario de Actividades 2017