Artículos filosóficos

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El futuro en el Cine

 

El cine, poéticamente llamado séptimo arte, es una huella brillante de la cultura de una generación. Con más de un siglo de tradición, ya se impuso con un lenguaje propio y universal, con los matices típicos de cada cultura donde es producido. Normalmente este medio es utilizado, como las otras manifestaciones de arte de la modernidad, para mostrar la realidad en la que está producido, siempre desde la perspectiva del artista, en este caso el director: a veces la denuncia crudamente, otras la deforma o la exagera mediante ribetes cómicos o melodramáticos, y otras busca deliberadamente alterarla, ya sea con fines de escapismo o de propaganda.

Pero siempre hay una referencia ineludible a la realidad circundante. Me permito aclarar, filosóficamente hablando, que en este caso el concepto realidad lo utilizo para referirme a lo contextual de las apariencias en el plano material, psicológico y social, no a la realidad metafísica a la que se refieren los clásicos de la filosofía en el concepto de nous o mundo de las ideas. 

Curiosamente, una de los géneros que mejor reflejan esta realidad de una época, de un país o de una generación, es el conocido como ciencia ficción. En realidad el nombre de este género es una traducción errónea del inglés science fiction, que significa “ficción científica”, o sea una ficción (toda película lo es excepto el género documental) basada en fantasías científicas. Especialmente un subgénero de la science fiction, las películas futuristas. ¿Por qué específicamente este subgénero? Sencillamente porque tiende a amplificar alguna de las características de la sociedad en la que transcurre, proyectándola hacia el futuro con mayor dimensión que en el presente. Está claro que la mayoría de los clásicos realistas del cine nos permiten entender la mentalidad de una época, desde la desazón en los corazones americanos en la Gran Depresión que podemos ver en The grapes of wrath (1940), hasta la rebelión adolescente en el apogeo de la sociedad de masas en Rebel Without a Cause (1955), incluso en nuestro país en el amargo sentir hacia la última dictadura de la Argentina en La historia oficial (1986), con una excelente alegoría musicalizada por María Elena Walsh con “En el país del no me acuerdo”. Pero la science fiction tiene una notable particularidad. Pensemos en un niño de cinco años. ¿Qué responde cuando le preguntamos qué quiere ser cuando sea grande? Nadie responde oficinista, vendedor ni operario, las ocupaciones más comunes. Por lo general se aventuran en los oficios más heroicos como astronauta, bombero, o princesa en el caso de las niñas. Alguno más goloso dirá kiosquero o heladero. Y responden esto, porque desde su infantil inocencia no reparan en los esfuerzos que requieren las ocupaciones más heroicas, la condición de realeza de sangre como requisito para ser princesa, o el normal rechazo a comerse su propia mercadería que pueda tener cualquier comerciante. Simplemente proyectan sus propios deseos y los magnifican, pensando que los adultos somos niños con apenas algo más de tamaño. Si le hacemos la misma pregunta a los adolescentes, normalmente responderán estrella de rock, futbolista, modelo o demás oficios que gozan de la admiración juvenil. Pero da igual, ya que el mundo tiene miles de veces más oficinistas que astronautas o estrellas de rock. Algo cambia en nosotros cuando vamos creciendo, y no es solamente un elemento cuantitativo. Cambian nuestros gustos, inclinaciones y anhelos.

La Historia de la Humanidad no es muy distinta de esto, ya que está compuesta por una interminable sumatoria de seres humanos. Los abnegados habitantes del medioevo europeo quizá pensarían que en mil años más las cosas no serían muy distintas que en su época, y los soldados que hace cien años marchaban a la muerte en las trincheras imaginarían que la Gran Guerra que luchaban contribuiría a generar una paz que hasta hoy continuaríamos gozando. Sin ir más lejos, para entrar en el medio, en Back to the Future II (1989) se supone que en este año llegaría Marty McFly viajando desde 1985 para contemplar un mundo maravilloso con autos voladores, zapatillas que se atan solas y electrodomésticos que preparan pizza deshidratada. Pero sin internet. Nótese la presencia de pequeños dispositivos de fax en todas las partes de la casa del protagonista, un medio ya obsoleto. Es que naturalmente los hombres somos incapaces de predecir el futuro, por lo que proyectamos el presente y lo amplificamos hacia el futuro.

Es abrumador ver como a lo largo del siglo XX se van licuando las expectativas que el hombre tiene sobre el futuro.

Quizá la precursora de las películas futuristas fue la alemana “Metrópolis” (1927) de Fritz Lang, quién plasmó un futuro terrible de una ciudad directamente dividida en dos, la de los ricos y la de los pobres. Los primeros viviendo en un estado de ebriedad de lujo y placer, y los segundos hacinados en oscuras viviendas subterráneas, sobreviviendo en base a un trabajo alienador. Lamentablemente el cineasta tuvo que exiliarse en los Estados Unidos debido al nazismo, en donde su carrera debió amoldarse a los cánones de Hollywood, realizando después de varios rechazos películas de film noir, sátiras de la realidad social, que le valieron ser investigado por filiaciones comunistas aunque no las haya tenido. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, en las décadas del mundo bipolar, aparecen varias tendencias en el cine futurista. A pesar de la continua idealización social acerca de un futuro promisorio basado en la incidencia de la tecnología en el consumo masivo, el cine futurista muestra, entre otras promesas, la subyugación del hombre por el hombre, como la devastación a manos de fuerzas extraterrestres. Esta tendencia no cambia con el final de la Guerra Fría ni con el milenio. Podemos agruparlas en algunos sub-sub-géneros:

Futuros totalitarios en la que el hombre es esclavizado y dominado por una tiranía: 1984 (1956, con una remake, irónicamente en 1984), Farenheit 451 (1966), Dune (1984) Brazil (1985) V for Vendetta (2005). El director propone en esta clase de películas la rebelión o la huída como medio de liberarse de la opresión.

Futuros de guerras interplanetarias, contra otras especies de la galaxia: The Day the Earth Stood Still (1951), Invasion of the Body Snatchers (1956), Alien (1979) Independence Day (1996), War of the worlds (2005). En estos escenarios el enemigo es el extraterreste, el de otra especie, aunque análogamente bien podría ser el otro quién nos ataca, el extranjero, el desconocido. No hay que olvidar que “alien” en inglés significa al mismo tiempo extraterrestre y extranjero.

Futuros post-apocalípticos, con un mundo devastado por las catástrofes nucleares, polución o epidemias: Planet of the Apes (1968) Mad Max (1979), 12 Monkeys (1995), Waterworld (1995). En ellas el futuro ya se ha decidido ya la población ha quedado devastada. La única esperanza es comenzar de nuevo reconstruyendo una civilización de la nada.

Futuros complejos en la que se generan divisiones sociales infranqueables que imposibilitan las relaciones humanas: A Clockwork Orange (1971), Gattaca (1997), X-Men (2000) Minority Report (2002), Divergent (2014). En este tipo de filmes el futuro está condicionado por el rechazo al otro, al diferente, y el conflicto pasa por lograr cruzar las barreras sociales.

Futuros en los que la tecnología se vuelve contra el hombre y lo terminan combatiendo o dominando: 2001: A Space Odyssey (1968) Blade Runner (1982), Terminator (1984), The Matrix (1999). Esta línea es relativamente más nueva ya que coincide con la aparición de las computadoras y la robótica. Aquí la humanidad tiene que luchar contra aquellas máquinas que construyó, en teoría, para facilitarle la vida.

Tiranías, guerras, devastaciones, máquinas que se vuelven contra el hombre, discriminación masiva… tal es el panorama futuro que nos ofrece Hollywood. Podríamos decir el cine futurista mundial, aunque la enorme mayoría de las producciones provienen de dicha localidad. Lo importante es, como filósofos, preguntarnos por qué ocurre eso. A simple vista podría conjeturarse que es porque éste tipo de temas son las que más venden. No sería un argumento ilógico, ya que los productores venden lo que la gente quiere comprar. Y es en el imaginario popular de nuestro sigo y el anterior en donde radica tal clase de expectativas hacia el futuro. Sabemos que nuestros gobiernos nos tiranizan cada vez más con su carga burocrática, pero poco hacemos. Sabemos que hay cada vez más guerras, pero poco nos importa. Estamos seguros que pronto la tecnología acabará por engullirnos, pero no soltamos nuestros smartphones… por el contrario, hacemos gala de cuán dependientes que somos de ellos. Quizá los hermanos Wachowski no imaginaban que pronto, no sólo no nos rebelaríamos, sino que pagaríamos por enchufarnos a la Matrix que hoy existe cada vez más al alcance de cualquiera. Y esa misma tecnología nos sirve cada vez más para discriminar y separar al otro, hasta el punto en que hoy es un verbo frecuente el “etiquetar” a un conocido en una red social, olvidando que hace poco más de medio siglo en Europa se etiquetaban a los hombres por nacer con una religión. Y por devastación, ya estamos viendo atisbos de las primeras consecuencias que dejaría un desastre de proporciones, digamos, medianas.

En cierto sentido, el futuro ya llegó. Está aquí, presente en cada una de las acciones que tomamos. ¿Está la Humanidad condenada a pasar por las penurias que se describen en la pantalla grande? No necesariamente. Depende precisamente de esas acciones que tomamos. Decisiones aparentemente menores que algebraicamente se van concatenando una junto a otra, en un devenir invisible. Los antiguos sabios indios lo llamaban el Karma. Esta ley universal a su entender, dictaba que uno cosecha irremediablemente lo que siembra, más allá que uno lo perciba o no. Algunos árboles tardan más que otros en dar sus frutos, y la despreocupación por el largo plazo puede llevar al desastre. Por el contrario, la toma de conciencia es la mejor herramienta para, no digamos evitar el karma, sino dejar de generar más. Probablemente ya sea tarde para evitar muchas de las cosas que sembraron nuestros padres y abuelos, pero de seguro no es tarde para dejar de sembrar malas semillas nosotros. Las herramientas para hacerlo son sencillas en teoría: sentir al prójimo como un hermano, estudiar y comparar la historia para evitar que los malos frutos se vuelvan a repetir, y procurar desarrollar el entendimiento de nuestra humanidad y del mundo que nos rodea. Claro que en la práctica es mucho más difícil ponerlo en acción. Pero vale la pena intentarlo.

 

Ezequiel Chomer

 

 

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